Ceuta ha abierto los ojos a algunos españoles

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Lo ocurrido en Ceuta ha abierto los ojos a algunos españoles.

No porque hayan cambiado de opinión sobre la inmigración. Tampoco porque hayan dejado de considerar que las personas que llegan a nuestras fronteras tienen derechos.

Han empezado a comprender algo diferente: la inmigración también puede ser utilizada como instrumento de presión política y estratégica.

Y esa diferencia lo cambia todo.

Durante años hemos analizado los movimientos migratorios utilizando casi siempre el mismo marco: pobreza, conflictos, persecución, oportunidades económicas, redes de tráfico de personas y derechos humanos.

Es un marco necesario.

Pero resulta insuficiente cuando un Estado vecino sabe cómo funciona nuestra sociedad y conoce perfectamente cuáles son nuestros límites.

Marruecos sabe que España no puede responder de la misma manera ante una columna de personas que ante una unidad militar.

Sabe que cualquier actuación contundente sobre una masa de civiles tendrá inmediatamente un enorme coste político, jurídico, humanitario y mediático.

Y sabe también que España intentará evitar precisamente ese coste.

Ahí aparece la verdadera ventaja estratégica.

Si quieres presionar a un Estado, no necesariamente tienes que atacarlo donde es más fuerte. Puedes hacerlo donde sabes que tiene menos margen de respuesta.

La inmigración puede convertirse así en un instrumento de presión extraordinariamente eficaz.

No porque las personas que cruzan la frontera sean necesariamente conscientes de estar siendo utilizadas.

Al contrario.

Precisamente porque muchas de ellas pueden estar actuando movidas por expectativas, rumores, necesidades o información difundida deliberadamente, mientras otros actores aprovechan el movimiento para alcanzar objetivos completamente diferentes.

Eso es lo que obliga a cambiar nuestra forma de mirar Ceuta.

Una cosa es la inmigración.

Otra, muy distinta, es la instrumentalización de la inmigración.

Y ambas pueden producir exactamente la misma imagen: miles de personas intentando entrar en territorio español.

La diferencia está detrás de la imagen.

Por eso resulta tan importante lo que está revelando la investigación sobre los acontecimientos de julio. El informe policial remitido a la Audiencia Nacional sostiene que la entrada masiva no fue accidental y señala indicios de una actuación organizada y de permisividad, e incluso de orientación, por parte de agentes marroquíes. El informe no confirma que el Gobierno de Marruecos ordenara la operación, pero sí obliga a estudiar el episodio desde una perspectiva que va mucho más allá de la inmigración.

Y aquí está probablemente la mayor lección para España.

No podemos utilizar exactamente el mismo patrón para situaciones que no son iguales.

Si una persona cruza una frontera buscando una vida mejor, estamos ante un problema migratorio.

Si miles de personas son movilizadas y dirigidas hacia una frontera para generar una situación de colapso, estamos ante algo más.

Y si detrás de esa movilización existe una estrategia deliberada de un Estado o de actores vinculados a él, entonces estamos ante un problema de seguridad nacional.

La respuesta humanitaria no desaparece.

Pero aparece otra obligación: identificar quién está utilizando esa situación, con qué finalidad y contra quién.

Porque si España responde siempre pensando únicamente en el componente humanitario, mientras el adversario piensa en términos estratégicos, estaremos jugando dos partidas diferentes.

Y una de las dos partes tendrá ventaja.

Quizá eso sea lo que Ceuta ha enseñado a algunos españoles.

Que defender una frontera no significa estar contra la inmigración.

Significa impedir que la inmigración sea utilizada contra el propio Estado.

Y que reconocer esa posibilidad no es xenofobia.

Es estrategia.

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